A la orilla de mi cordura

Hay días que el sol se queda detrás de las nubes y el aire se siente más denso, pero no es así, la luz está ahí, al alcance de una canción que desliza mis pies, como en suaves dunas.

Hay mañanas que mi café psicoanaliza mis silencios y expide consejos en cada sorbo, aunque la respuesta no esta en él sino en mi, igual que la calma no siempre nace del silencio, ni la locura desaparece al dormir.

Hay tardes que el calor paraliza más mi cuerpo, que el frío que me obliga a moverme, a pesar del miedo.

Hay noches que, aunque oscuras, iluminan mi mente, y estrellas que aunque lejanas, acarician mi corazón.

Nada tiene aparente sentido, los riscos más escabrosos pintan los amaneceres más grandiosos, las risas más profundas también generan lágrimas, buenísimas ideas se pierden en trayectos cortos, intensa soledad se emana de las multitudes, inmensas alegrías se viven sin compañía, las mejores recompensas se reciben entre silencios y las más vacías se anuncian con bombos y platillos, la amistad que más humillamos, la persona que más despreciamos, la presencia que menos toleramos, y a su vez, la que más ofertamos, aunque incompletos, es a nosotros mismos.

Sin duda, el sentido a la vida, se lo damos nosotros, el peso a las cosas, el valor a las personas, el amor y la admiración a los detalles que con, o sin nosotros, majestuosos son.

Sin duda, la cordura no es otra cosa que una locura bien estructurada.

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