Imanes del mismo polo.

Yo sé que tu alma y la mía se conocen de otra vida. Sé que tu partida abrupta, intempestiva, no fue sólo cosa tuya. Sé que ni el tiempo ni la elocuencia jugaron nunca a nuestro favor.

Imagino tu mirada preguntando por la mía, consciente que la arena terminaba pronto de caer de tu reloj. Esa mirada siempre atenta, pudo siempre ser caricia. No hubo abrazo, no había teatro, todo en ti era hierro forjado a calor.

En tus ojos habría miedo, y en los míos había ira, el silencio delineaba el resto de nuestra conversación.

Esa noche fue intranquila, tu te irías, yo lo sabía. No fue mi mano a decirte adiós. Tu en esa cama, yo en esta silla, la gente creyéndote loca y yo en silencio recibiendo tu despedida que llegó con la fuerza del viento, azotando tremendo portazo en mi corazón.

No pueda aceptar mi orgullo que te extraño como extraño en invierno al sol. No pueda contener el aire en mi cuerpo por más tiempo, ni las lágrimas, ni las letras que salen sin permiso y sin mucho control cuando de vez en cuando y sin pedir autorización, aletean tus ojos en mi mente una vez más, tan intensos y expectantes, como siempre altaneros, distantes, aparentemente faltos de emoción.

Quién sino tus ojos para guardarlo todo, correcto o no, quién para desafiarme, quién para hacerme sentir herida y quién, sino tus ojos, para mandarme decir adiós. Detrás de todo ese hierro sólo tus ojos cautivan mi corazón, fríos como entonces buscando tu aprobación, cálidos como ese día que te fuiste y rompiste algo en mi interior.

Sé que me dueles porque tu alma tira del hilo que la ata a la mía. Sé que tu y yo tenemos un perdón y un abrazo pendiente, o un montón. Sé que estás tras los silencios que cimbran mi vida y que aunque no mire al cielo, sigo buscando tu cuestionamiento y tu aprobación.

Te extraño, me ahoga expresarlo, algo me quema el corazón. Sufrí tanto con tu desprecio como sufro ahora, después de tu adiós. Cuando te fuiste y me quedé sin fuerza siquiera para reprocharte tanto rencor, porque al final del día esos silencios no sólo eran de miedos y odios, también eran de un incomprendido amor.

Al viento le doy portazo ahora yo, y evito a toda costa aquello que me hizo tanto daño y marcó por varias vidas mi corazón. Y luego me doy cuenta que lo único que hago es forjar hierro a calor.

Te extraño, extraño quererte y odiarte al calor de una discusión. No entiendo qué pudiste haber aprendido tú de esta lección. No tengo nada que reprocharte, ni siquiera sé si he aprendido algo yo. Nada llevo en esta valija, viaja vacía el resto del viaje, hasta volver a encontrarte. Suena trillado pero ya quiero verte otra vez, suena pendejo pero espero entonces poder abrazarte, tanto como me plazca, tanto como me dejes. Quiero creer que eso dijeron tus ojos cuando gritaron mi nombre, cuando irrumpieron mi mente y un último silencio selló nuestra última conversación.

Aquí va mi último suspiro para ti hoy, el tiempo que no entendí me causó mucho dolor, el miedo de tus ojos me llenó de soberbia el corazón. Pero el invierno da paso a la vida para quien se atreva a resurgir. No se necesita una coraza, se necesita valor. Yo sé que mi alma muere de ganas de agradecerte esa lección, Suena trillado pero ya quiero verte otra vez, y esta vez llenar los espacios en blanco con sonrisas y con latidos pendejos del corazón.

Ya te veo escuchando expectante y abriendo tus ojos en su máxima expresión, ya muero de ganas poderte a abrazar, y a base de intentos romper esa armadura de mierda que desde un principio en esta vida nos alejó.

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