No me faltaban huevos, ni me sobraban tetas

Apreciar las diferencias es un arte aprendido. Nivel dos del curso “conócete a ti mismo”. En las tonalidades radica la belleza de la diversidad y cobra sentido la unicidad.

Mas si mal aprendemos a reconocer y valorar nuestras propias huellas, y a su vez cuestionamos y les hallamos fallas. Terminaremos encontrando tantas, propias y ajenas, que más bien debilite nuestro paso.

Mis sueños se pintaban con temores de credos heredados, con prejuicios infundados, y con sentimientos pre-clasificados.

Nada por venir de mi sería suficiente. Todo por ser sutil y dispar sería despreciado. Un mundo que se rige por tantos miedos se escuda con indiferencia y responde con agresión.

Entre tanto me abro paso al ensueño que creo que existe de aquél lado del muro, me caigo, me canso y hago sanar mis heridas. Entre más idealizo el destino del tortuoso camino, más profundo es mi suspiro y todo a mi paso se percibe espejismo.

Perfeccionismo se volvió mi mantra. Nadar contra corriente mi carga. La perfección del universo radica en su caos. La complejidad del caos radica en su compás. La belleza de la vida se encuentra a lo largo de su caudal. Nada en el río es cuadrado ni estático. Nada vivo es perfecto. Sólo aspirando lo imposible se excusa nuestra inseguridad.

En el astro de diestros, de hombres, de blancos, de heteros, de altos, de círculos perfectos, yo soy un astrolito quemado, destruido, irregular y siniestro, que sigue de pie, a pesar del viajesito.

Hubo llegado el punto en el que vi desaparecer ese muro, no había ensueño, no había perfeccionismo, no había logro conseguido. Había un puñado de cajas, de razas, culturas, creencias, caprichos. Había este mismo mundo, celoso, miedoso, débil y vacío.

Mi lucha ya no es llegar a ese perfecto lugar de ensueño. Mi objetivo no es llegar a un destino, es marcar un camino para quienes vienen conmigo y para quienes vengan detrás de mi.

El reto no es clasificar todos los colores sino apreciar todos sus tonos. El reto no es identificar todos los sonidos sino comprender sus motivos. El reto es sabernos discrepantes y así aceptarnos. El logro será apreciarnos diferentes y con ello más fuertes.

En el mundo en el que me tocó interactuar, se hacían las cosas como siempre se habrían hecho, sin cuestionar, sin justificar. En el mundo en el que me tocó caminar, las diferencias se atacan pronto, se acallan, se minimizan y se guardan en alguna caja.

En el mundo que me tocó soñar, todos tienen un lugar definido, y desafiar una etiqueta es como saltar al abismo.

Pues bien, en el mundo que me tocó saltar, no me importa de cuán alto. El miedo no detiene mi misión, el prejuicio no define mis actos, la soberbia no quebranta mi arrojo.

No, nunca me faltan huevos, aun a pesar de todos mis miedos, y no, tampoco me sobran tetas, aun a pesar de todos mis desenfrenos. Lo que me sobra es pasión.

Todos merecemos huellas firmes y libres. Todos merecemos volar alto.

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